Generalmente, cuando hablamos de violencia, pensamos en actos de fuerza que provocan daño a un tercero. Un insulto, un golpe, una humillación. Desde esa perspectiva, la discusión pública suele centrarse en cómo contener el acto dañino y proteger a la potencial víctima. Sin embargo, son escasas las reflexiones en torno a la raíz de la violencia, a las condiciones que permiten que estos actos dañinos emerjan.
Rara vez nos preguntamos si la violencia se manifiesta solo cuando hay un menoscabo evidente o si también puede ser silenciosa, imperceptible, cotidiana. Nos detenemos poco en comprender qué empuja a un joven a ingresar a su colegio y acabar con la vida de una inspectora, dejando a su paso estudiantes y trabajadores gravemente heridos. O qué ocurre en la mente de quienes deciden retener por la fuerza a una ministra y luego “acompañar” su salida entre insultos y golpes.
Estas son expresiones distintas de la violencia, pero comparten algo en común. El problema no se encuentra en el daño que se provoca, sino en aquello que hace posible provocarlo. Para causar daño a otro, lo primero que debe ocurrir es que ese otro deje de existir como sujeto. La violencia solo puede ejercerse sobre quien ha sido previamente convertido en objeto.
La víctima, en ese sentido, se transforma en un medio para el victimario. Es parte de un recorrido hacia un objetivo que se considera superior. No tiene historia, no tiene nombre, no tiene rostro. La violencia no consiste solo en dañar a alguien, consiste, antes que nada, en despojarlo de su condición de ser alguien para convertirlo en algo. Ahí se generan las condiciones para el daño explícito, o como una posibilidad latente.
No puedo ser violento con alguien que amo y respeto, solo puedo violentar aquello que cosifico. Por eso, debatir indefinidamente sobre más seguridad, más castigo o mayores atribuciones a las fuerzas de orden, difícilmente modificará la violencia. Sin abordar sus causas, solo administramos sus consecuencias.
El desafío es otro y exige trabajar cuanto antes en la convicción de que el otro importa y que su dolor importa. No basta con enseñar tolerancia, que apenas contiene la tensión de la diferencia, es necesario enseñar alteridad, una mirada donde el otro existe plenamente y no puede ser desplazado.
Solo una comunidad que se reconoce y se respeta está en condiciones de enfrentar la violencia, dando sentido a los vínculos, construyendo objetivos comunes y sosteniendo el respeto mutuo. En un tiempo marcado por la violencia en los espacios educacionales chilenos y por conflictos a escala global, apostar por el reconocimiento, el cuidado y el encuentro no es ingenuo, sino una condición indispensable para proyectar un futuro compartido.
